El experimento de Milgram

                 En los últimos días, nos hemos encontrado con la desagradable noticia de este chico catalán que ha agredido a una chica ecuatoriana en el metro de forma salvaje y completamente arbitraria. Porque sí, abusando del poder de la violencia.

Evidentemente la opinión pública ha quedado impactada y se ha abierto un debate público sobre ello. En ese debate ha habido opiniones de todos tipos, algunas tan desafortunadas, según mi punto de vista, como la de la presidenta de la comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre. Ésta, en un discurso, que a mi entender se quedaba en pura demagogia, señalaba a un culpable más, el hombre que observaba la agresión y que no hizo nada por impedirla, y lo comparaba con los alemanes de la época nazi, en la que la gente miraba y no evitaba el holocausto. Pienso, que a parte de carecer de rigor histórico, ya que la mayoría de la población civil de Alemania, no estaba enterada de lo que exáctamente se estaba haciendo, sino que tenían otro tipo de información muy deformada, es en cierto modo, bastante injusto. Evidentemente te indigna ver a un tío sentado tan tranquilo, mientras que agreden a una muchacha indefensa. Es posible que mucha de la gente que lea ésto esté seguro de que hubieran actuado de otra forma. Y quizás sea verdad. O quizás no. Yo concedo el beneficio de la duda. Te puedes quedar bloqueado, aterrorizado… En fin, será un cobarde, pero no parece correcto cargar las tintas contra él desde un cómodo despacho del que se viaja de uno a otro lado con escolta. Hay casos de personas que se han metido en este tipo de cosas y han perdido incluso la vida. Creo que al menos desde una posición tan cómoda como la de esta política, debería tener un poco más de cuidado al hablar de lo que a mí entender es otra víctima, ya que el principal verdugo, atendiendo a las leyes que rigen en este país, fue puesto en libertad inmediatamente después de su detención. Quizás ese cambio en las leyes sería el que nos garantizara un poco más de seguridad, no embestir y rasgarse las vestiduras contra un chico, cobarde, que no supo o no quiso reaccionar a tiempo.

Por otro lado, no os penséis que eso son casos particulares, que sólo le pasan a los demás. No penséis que nosotros, cívicos y valientes hubieramos actuado de otro modo. Quizás sí, y de hecho hay ejemplos. Pero quizás nos sorprendieramos muy mucho a nosotros mismos.

El comprobar este tipo de supuestos llevó a un psicólogo social norteamericano llamado Stanley Milgram ha comprobarlo. El se centró no exáctamente en este caso, sino que puso su máximo interés en estudiar la obediencia a la autoridad, preguntándose si podría una persona normal llegar a torturar o asesinar a alguien sólo por obedecer órdenes o tendríamos que llegar a la conclusión de que se trata de un perturbado? Muchos de vosotros hubieráis respondido que no, que por supuesto que no. Milgran, sin embargo, encontró una respuesta a su experimento completamente distinta. Sus experimentos se realizaron en  los Estados Unidos, y llegó a ser el experimento más famoso realizado en la psicología social por lo controvertido de sus resultados.

El experimento

    A través de anuncios en un periódico de New Haven, Connecticut, Milgram seleccionó a un grupo de hombres de todo tipo de entre 25 y 50 años de edad a quienes pagaron cuatro dólares y una dieta por desplazamiento por participar en un estudio sobre “la memoria y el aprendizaje”. Estas personas no sabían que en realidad iban a participar en una investigación sobre la obediencia, pues dicho conocimiento habría influido en los resultados del experimento, impidiendo la obtención de datos fiables.

    Cuando el participante (o sujeto experimental) llega al impresionante laboratorio de Yale, se encuentra con un experimentador (un hombre con una bata blanca) y un compañero que, como él, iba a participar en la investigación. Mientras que el compañero parece estar un poco nervioso, el experimentador se muestra en todo momento seguro de sí mismo y les explica a ambos que el objetivo del experimento es comprender mejor la relación que existe entre el castigo y el aprendizaje. Les dice que es muy poca la investigación que se ha realizado hasta el momento y que no se sabe cuánto castigo es necesaria para un mejor aprendizaje.

    Uno de los dos participantes sería elegido al azar para hacer de maestro y al otro le correspondería el papel de alumno. La tarea del maestro consistía en leer pares de palabras al alumno y luego éste debería ser capaz de recordar la segunda palabra del par después de que el maestro le dijese la primera. Si fallaba, el maestro tendría que darle una descarga eléctrica como una forma de reforzar el aprendizaje.     Ambos introducen la mano en una caja y sacan un papel doblado que determinará sus roles en el experimento. En el de nuestro sujeto experimental está escrita la palabra maestro. Los tres hombres se dirigen a una sala adyacente donde hay una aparato muy similar a una silla eléctrica. El alumno se sienta en ella y el experimentador lo ata con correas diciendo que es “para impedir un movimiento excesivo”. Luego le coloca un electrodo en el brazo utilizando una crema “para evitar que se produzcan quemaduras o ampollas”. Afirma que las descargas pueden ser extremadamente dolorosas pero que no causarán ningún daño permanente. Antes de comenzar, les aplica a ambos una descarga de 45 voltios para “probar el equipo”, lo cual permite al maestro comprobar la medianamente desagradable sensación a la que sería sometido el alumno durante la primera fase del experimento. En la máquina hay 30 llaves marcadas con etiquetas que indican el nivel de descarga, comenzando con 15 voltios, etiquetado como descarga leve, y aumentando de 15 en 15 hasta llegar a 450 voltios, cuya etiqueta decía “peligro: descarga severa”. Cada vez que el alumno falle, el maestro tendrá que aplicarle una descarga que comenzará en el nivel más bajo e irá aumentando progresivamente en cada nueva serie de preguntas.

    El experimentador y el maestro vuelven a la habitación de al lado y el experimento comienza. El maestro lee las palabras a través de un micrófono y puede escuchar las respuestas del alumno. Los errores iniciales son castigados con descargas leves, pero conforme el nivel de descarga aumenta, el maestro empieza a escuchar sus quejas, concretamente a los 75 voltios. En este momento el maestro empieza a ponerse nervioso pero cada vez que duda, el experimentador le empuja a continuar. A los 120 voltios el alumno grita diciendo que las descargas son dolorosas. A los 135 aúlla de dolor. A los 150 anuncia que se niega a continuar. A los 180 grita diciendo que no puede soportarlo. A los 270 su grito es de agonía, y a partir de los 300 voltios está con estertores y ya no responde a las preguntas.

    El maestro, así como el resto de personas que hacen de maestros durante el experimento, se va sintiendo cada vez más ansioso. Muchos sonríen nerviosamente, se retuercen las manos, tartamudean, se clavan las uñas en la carne, piden que se les permita abandonar e incluso algunos se ofrecen para ocupar el lugar de alumno. Pero cada vez que el maestro intenta detenerse, el experimentador le dice impasible: “Por favor, continúe”. Si sigue dudando utiliza la siguiente frase: “El experimento requiere que continúe”. Después: “Es absolutamente esencial que continúe” y por último: “No tiene elección. Debe continuar”. Si después de esta frase se siguen negando, el experimento se suspende.

Los resultados

    Los datos obtenidos en el experimento superaron todas las expectativas. Si bien las encuestas hechas a estudiantes, adultos de clase media y psiquiatras, habían predicho un promedio de descarga máxima de 130 voltios y una obediencia del 0%, lo cierto es que el 62’5 % de los sujetos obedeció, llegando hasta los 450 voltios, incluso aunque después de los 300 el alumno no diese ya señales de vida.     Por supuesto, aquí es necesario añadir que el alumno era en realidad un cómplice del experimentador que no recibió descarga alguna. Lo que nuestro ingenuo participante escuchaba era una grabación con gemidos y gritos de dolor que era la misma para todo el grupo experimental. Tampoco se asignaba el papel de maestro o alumno al azar, ya que en ambas hojas estaba escrita la palabra maestro. Sin embargo, estas personas no supieron nada del engaño hasta el final de experimento. Para ellos, los angustiosos gritos de dolor eran reales y aún así la mayoría de ellos continuó hasta el final.

    Lógicamente, lo primero que se preguntaron los atónitos investigadores fue cómo era posible que se hubiesen obtenido estos resultados. ¿Eran acaso todos ellos unos sádicos sin corazón? Su propia conducta demuestra que esto no era así, pues todos se mostraban preocupados y cada vez más ansiosos ante el cariz que estaba tomando la situación, y al enterarse de que en realidad no habían hecho daño a nadie suspiraban aliviados. Cuando el experimento terminaba muchos se limpiaban el sudor de la frente, movían la cabeza de un lado a otro como lamentando lo ocurrido o encendían rápidamente un cigarro. Tampoco puede argumentarse que no fuesen del todo conscientes del dolor de las otras personas, pues cuando al finalizar el experimento les preguntaron cómo de dolorosa pensaban que había sido la experiencia para el alumno, la respuesta media fue de 13’42 en una escala que va de 1 (no era dolorosa en absoluto) a 14 (extremadamente dolorosa).

InterpretacionesEl profesor Milgram elaboró dos teorías que explicaban sus resultados:

  • La primera es la teoría del conformismo, basada en el trabajo de Solomon Asch, que describe la relación fundamental entre el grupo de referencia y la persona individual. Un sujeto que no tiene ni la habilidad ni el conocimiento para tomar decisiones, particularmente en una crisis, lo cual llevará la toma de decisiones al grupo y su jerarquía. El grupo es el modelo de comportamiento de la persona.
  • La segunda es la teoría de la cosificación (agentic state), donde, según Milgram, la esencia de la obediencia consiste en el hecho de que una persona se mira a sí misma como un instrumento que realiza los deseos de otra persona y por lo tanto no se considera a sí mismo responsable de sus actos. Una vez que esta transformación de la percepción personal ha ocurrido en el individuo, todas las características esenciales de la obediencia ocurren. Este es el fundamento del respeto militar a la autoridad: los soldados seguirán, obedecerán y ejecutarán órdenes e instrucciones dictadas por los superiores, con el entendimiento de que la responsabilidad de sus actos recae en el mando de sus superiores jerárquicos.

Variaciones

En su libro Obedience to Authority: An Experimental View, Milgram describe diecinueve variaciones de su experimento. Generalmente, cuando la cercanía física de la víctima era incrementada, la obediencia del participante decrecía, cuando la distancia física de la autoridad era menor, la obediencia del participante incrementaba (experimentos 1 al 4). Por ejemplo, en el experimento 2, donde los participantes recibían instrucciones por teléfono, la obediencia disminuyó en 21 por ciento. Es interesante que algunos participantes trataron de engañar a la autoridad (el experimentador) fingiendo que continuaban con el experimento. En la variación donde la víctima tenía la mayor cercanía física con el participante, cuando los participantes tenían que mantener físicamente el brazo de la víctima sobre la placa que generaba la descarga eléctrica, la obediencia decreció. Bajo esta circunstancia, sólo 30 por ciento de los participantes completaron el experimento.

En el experimento 8 los participantes fueron mujeres: Anteriormente todos los participantes habían sido hombres. La obediencia no varió significativamente, aunque las mujeres manisfestaron haber experimentado mayores niveles de estrés.

El experimento 10 se realizó en una oficina modesta en Bridgeport, Connecticut, fingiendo que quien realizaba el experimento era la entidad comercial “Research Associates of Bridgeport” sin conexión aparente con la Universidad de Yale (para eliminar el factor de prestigio de la Universidad que influenciara el comportamiento de los participantes). En estas condiciones la obediencia cayó al 47.5 por ciento.

Milgram también combinó el poder de la autoridad con la conformidad. En esos experimentos los participantes fueron acompañados por uno o dos “maestros” (también actores, como el aprendiz o víctima). El comportamiento de los acompañantes afectó fuertemente los resultados. En el experimento 17, cuando dos maestros adicionales se negaron a cumplir las órdenes, sólo 4 de los 40 participantes continuaron en el experimento. En el experimento 18 los participantes realizaron una tarea de acompañamiento (leyeron las preguntas por un micrófono o registraron las respuestas del aprendiz) con otro maestro, quien competaba la prueba completamente. En esa variacion sólo 3 de 40 desafiaron al experimentador.

Recientes variaciones del experimento Milgram sugieren que la interpretación no supone obiediencia ni autoridad, sino que los participantes sufren una desolación aprendida, donde se siente incapaces de controlar el resultado, de manera que abdican a su responsabilidad personal. En un experimento reciente donde se usó una simulación de computadora en lugar de un aprendiz que recibía descargas, los participantes que administraban las descargas estaban concientes de que el aprendiz era irreal, pero aún asi los resultados fueron los mismos.

En la popular serie Basic Instincts, se repitió el experimento Milgram en 2006, con los mismo resultados con los hombres. En un segundo experimento con mujeres se mostró que ellas eran más proclives a continuar el experimento. Un tercer experimento con un maestro adicional para generar presión mostró que en esta condición los participantes continuaban con el experimento

Ejemplos de la vida real [editar]

De abril de 1995 a junio de 2004 hubo una serie de engaños, conocidos como Strip Search Prank Call Scam, en la cual trabajadores de restaurantes de comida rápida en Estados Unidos recibían una llamada de alguien que decía ser oficial de policía, quien persuadía a las figuras de autoridad para desnudar y abusar sexualmente de los trabajadores. El artífice obtuvo un alto nivel de éxito al persuadir a las víctimas para que realizaran actos que no habrían realizado en circunstancias normales. El prinicpal sospechoso de estas llamadas, David R. Stewart, fue encontrado no culpable en el único caso que ha ido a juicio hasta ahora.

Artículo en wikipedia
Artíuclo en CEPVI

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2 Responses to “El experimento de Milgram”


  1. 1 Señor DeTamble octubre 29, 2007 en 5:19 am

    Muy buen post, señorita. Como queda demasiado largo para la página principal, me he tomado la libertad de editárselo y ponerle lo de “continuar leyendo”.

    En otro órden de cosas ¿la obediencia a la autoridad se da también en los despachos-zulos donde trabajan tres personas?…

  2. 2 Chica de Marte octubre 29, 2007 en 7:30 am

    Claro que si, o si no porque cree que le seguimos ciegamente…


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